El Terremoto del 16 de Agosto de 1868 Ibarra Ecuador
COMO NARRÓ ABELARDO MONCAYO LA HORRIBLE CATÁSTROFE
“A un estampido infernal como de cien truenos en el interior de nuestro
globo, a un tormentoso hervidero de su superficie, como el mar en
borrasca, los montes se desgarran y precipitan en pedazos, los ríos
paran su corriente, las poblaciones se hunden en impensado abismo,
zarandeada, sacudida la tierra hasta sus más hondos senos, se trueca una
inmensa zona en campo de indescriptible desolación. En menos de diez
segundos, cuántas innumerables víctimas que del sueño fugitivo de la
noche pasan al profundo de la eternidad, cuántos debajo de los
escombros, en pugna cruel entre la muerte y la vida; y cuántos, si bien
escapados por prodigio, atónitos ante lo insólito de su infortunio.
AL DÍA SIGUIENTE: EFECTOS DEL TERREMOTO
Al día siguiente la provincia de Imbabura y sus pueblos presentaban un
cuadro lastimoso y horrendo. Los efectos del temblor en Otavalo fueron
espantosos. No había quedado una sola casa parada, no existía en pie
ningún edificio, ni siquiera las tapias de un metro de altura. Las
calles habían desaparecido debajo de los escombros, Idéntico estrago en
el vecindario de Atuntaqui.
Arruinadas yacían igualmente, si bien con algunas calles y casas la
ayer risueña y hoy desconocible Ibarra. La villa de Cotacachi, y los
pueblos de Imantag, Urcuquí, San Antonio, San Pablo quedaron muy
castigados, y algo menos Salinas, Tumbaviro, Mira y el Ángel.
He aquí la lista aproximada del número de los muertos. El cantón de
Ibarra tuvo 9 700 muertos, casi 5.000 correspondían a su capital. El de
Otavalo 6.000 de los cuales la mitad correspondían a la ciudad. El
cantón de Cotacachi 3.000 y 2.000 en Atuntaqui.
La verdad es que fueron pocos los que perecieron de contado en las
primeras horas de la catástrofe y mucho más numerosos los que sepultados
vivos terminaron horriblemente sus días por falta de cuadrillas que les
atendiesen.
En extrema o casi total necesidad deambulaban por los campos unos 50
mil sobrevivientes. Para colmo de males, gentes desalmadas excitadas tal
vez por el hambre y la miseria, se dieron a robar y saquear. En las
campiñas un gran número de indios al grito de "¡Viva Atahualpa!" se
dispusieron a exterminar por completo al puñado de sobrevivientes
blancos para apoderarse de sus bienes y tierras.
GRAVEDAD DEL CATACLISMO EN IBARRA.
Ibarra fue la ciudad más castigada por el terremoto. Apenas quedó
familia que no deplorara varias víctimas y algunas desaparecieron
enteramente. De las Carmelitas murieron cuatro, entre ellas la priora,
de las Conceptas murieron trece, inclusive la abadesa. Fallecieron los
siguientes eclesiásticos Reverendo Canónigo Villalobos, Reverendo Padre
Alomía, Padre Trejo filipense y el Doctor Pedro Cevallos.
De las familias de Ibarra murieron diez y ocho de la de Rocha y quedó
extinguida; de Villota once personas, de Almeida veintiséis, de Vacas
cuatro, de Subía siete y con los arrendadores veinte, de Pérez cinco, de
Juan Villavicencio diez y ocho, de Dávila seis, de Páez cinco, de Lara
siete, de Burbano tres, de Rosales diez y siete, de Andrade Marín doce,
de Manuel Andrade siete, de Ledesma quince y se extinguió, de
Peñaherrera diez y ocho, de Grijalva cuatro, de Rivadeneira cuatro, de
Vega siete, de Yépez seis, de Espinosa seis, de Torres once, de Brizón
cinco, de Acosta ocho, de Peña seis, de Pacheco ocho, de Terán tres, de
Flores siete, de Gómez cuatro, de Guzmán cinco, de Pozos cuatro, de
Benalcázar ocho, de Suárez ocho, de López trece de Valencia cuatro.
Además de éstos pereció un número considerable de vendedores que
habiendo acudido a la feria se habían quedado en los tres portales de la
plaza.
El Sr. Dr. Fernando Pérez, Jefe Político de Ibarra, en comunicación al
Gobierno en fecha de 1o de Octubre de 1868 daba los datos siguientes: de
los 7.200 habitantes de la ciudad han fallecido 4.458, están heridos
2.289 y quedan ilesos solamente 553.
Fuente:
http://www.onlyforyoung.com/sites/solo-noticias/cultura-general/85-fechas-importantes/1087-el-terremoto-del-16-de-agosto-de-1868.html
Publicado Por:
Jean Carlos Pantoja Zuloaga


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